El Emigrante
Se encarna la voz
En ese juego de huesos y carne.
En él, reposa el brillo febril del más débil revelando la desnudez de un rostro en orfandad. El despojo de su sangre que brota hasta manchar sus pupilas con el sello indeleble del emigrante
Enfurecida jauría detrás de la presa
Se activa procurando arrancarle el refugio a la presa
En ese meneo acuñado en espinas
Se abre con piedra en la mano
Y bebe el sumo del cáliz rojo
Espumosa temperatura irrespirable
Desprende el gemido
Rebana el dolor
Almacena la miseria
Y envuelve las calles
Para regodearse en su crudeza
Ya no tiene miedo
Lanza el aire enturbiado
Al vertedero obligado
Mas abajo, miles de discípulos
Sorben la rendida devastación
A una altura frágil
Y se para el siguiente,
El siguiente,
El siguiente.
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